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DE CÉSAR VILLEGAS, A CÉSAR PAGANO

Bertha Quintero Medina. 

Noviembre 20, 2021     

                                                                                    Para mí, la vida tiene sentido si hay afectos.

                                                                                                              Y gran parte de los afectos se construyen con amigos.

 

Me encontré con Cesar Villegas en los años 70, ambos hacíamos parte de una rara especie de burócratas desenfrenados, que nos sentíamos encarcelados sin haber cometido delito. Pasábamos horas enteras en habitaciones pequeñas, inundadas de documentos que no conducían a nada. Yo sumaba y restaba en hojas cuadriculadas con lápices rojos, azules y verdes, en el Dane, y Cesar, soñaba con vacas y hectáreas de tierra, en un proyecto de Desarrollo Rural, en el Ministerio de Educación Nacional. Nos presentó otro espécimen de la misma especie, Gustavo Bustamente, con el que compartía vivienda, en el barrio Acevedo Tejada, cerca de la Universidad Nacional. 

Me llamó la atención su voz, parecía salida de una novela radial, de las que se emitieron en los años 60 en el país, por Radio Recuerdos, la Emisora 1.020 o Todelar: Kadir el árabe, Renzo el gitano, o el Derecho de nacer. Su tono profundo y sonoro y su discurso diverso, eran muy sugerentes. 

Oírlo cantar, fue muy descrestante, lograba transportarlo a uno, bueno, a los amantes del bolero, a cualquier paraíso añorado. Su bonito timbre, melodioso y sonoro (a lo Vitín Avilés) hacía notar su paso por el trío de boleros, Parevi, como se denominó el grupo, como cantante, en otras épocas en Medellín. Su carta de presentación como rumbero, presentaba algunos problemas, no bailaba o lo hacía muy regular, con un estilo muy propio, que dificultaba seguirle el paso. Pero para él, esto nunca fue impedimento cuando de coquetear se trataba, inmediatamente proponía un tema de conversación y se zanjaba la bailada.

Me asombró su espacio de vivienda. Recuerdo una habitación mediana, donde se acomodaba con sus dos primeros hijos Susana y Camilo, dotada de un mobiliario suigeneris, compuesto fundamentalmente por libros. Cientos de libros, libros amarillos, grandes, gruesos, de pasta dura, (luego supe que eran libros de la Anapo) que cumplían varias funciones, servían de camas, de mesa de comedor, de mesas de noche, de alacena y de asientos para los visitantes ocasionales. La nevera hacía las veces de armario y era difícil moverse por el espacio, invadido por innumerables cantidades de LPS y cassettes, distribuídos por toda la habitación. También había un tocadiscos mediano que se peleaba el espacio con los libros, obligando a los visitantes a sentarse sobre el primer cuadrado amarillo que se encontraran al entrar.

Su interés por la música era evidente, saltaba a la vista, sobresalía sobre cualquier otro tema de conversación y debate, demostrando ya desde esa época, su inclinación por los procesos musicales.

Iniciamos nuestra amistad basada en el gusto compartido por escuchar música, hablar de música, hablar de músicos y asistir a conciertos. Sus gustos musicales diversos, incluían todo tipo de géneros, desde la clásica, el jazz, los boleros, los tangos, y por supuesto la salsa.

Este género, que por esa época, estaba entrando con fuerza a la ciudad, donde los pocos LPS que llegaban se concentraban en manos de coleccionistas, dueños de bares y emisoras, empezó a sonar en la programación radial y se convirtió en el hilo conductor de nuestra amistad. El interés mutuo en conocerlo, estudiarlo y entenderlo, como movimiento que se había gestado y consolidado en NY proyectándose a Colombia, fue tema permanente que se fue profundizando con el tiempo. 

Bogotá convertida en una receptora importante del género, que empezaba a influir en los repertorios de las numerosas agrupaciones de música bailable y en el gusto musical de diferentes públicos, concentró nuestra atención. 

Al poco tiempo, salieron a relucir nuestras bases universitarias de las ciencias sociales y nos dimos a la tarea de hacer una inmersión de trabajo de campo, entre los músicos de la ciudad. Queríamos conocer su procedencia, sus condiciones de vida y trabajo y su conocimiento sobre el género. Se empezaban a vislumbrar las dotes de “detective de la salsa”, de escudriñador de realidades musicales, de César, que se consolidaría en el futuro, como tema central de su trabajo.

A todas estas, su apartamento, poco a poco se fue convirtiendo en un punto de encuentro permanente de diversas generaciones amantes de la música, buscando espacios para escuchar el nuevo sonido y otros géneros, en libertad, sin horarios, ni restricciones de volumen. La ciudad no contaba con espacios públicos de estas características y menos aún con buena música para oír. 

En estas tertulias sin fin, que duraron un tiempo importante, amanecíamos entre carátulas de discos, botellas desocupadas, cuerpos dormidos enredados entre libros y discos, hasta que el hambre nos despertaba obligándolos a buscar algún caldito en los restaurantes estudiantiles de la zona.  

Con tanto ajetreo, resolvimos hacer un viaje al mar para las vacaciones de los hijos de César y de paso, visitar a Gustavo Bustamente, que se había ido a vivir a Santa Marta. Cuando llegué por la familia Villegas, Cesar había preparado dos maletas grandes, pero, para mi sorpresa, ninguna contenía ropa. Una estaba llena de discos y en la otra, con dificultad, había metido el tocadiscos y hasta un pequeño bafle. Los niños solo llevaban vestidos de baño, según César, no necesitaban más nada. Compramos pasajes con tres paradas, dada las distancias del viaje, más de 24 horas, y en cada pueblo al que llegábamos, pedía al administrador del hotel, que lo ubicaran en una habitación del primer piso con ventana a la calle. Más tardábamos en acomodarnos, que César empezar a poner música al volumen que le daba su tocadiscos, formándose un rebulú alrededor de su ventana. Ya en Santa Martha, nuestro destino final, mientras sonaba el repertorio de Cesar, los niños, a su libre albedrío, se transformaban en camarones.  

Al regresar triunfantes de nuestro paseo, se multiplicaron los encuentros y las tertulias maravillosas en su espacio.  Escuchábamos la mejor música, toda la música, a la que yo no había tenido acceso hasta el momento, y alrededor de deliciosas conversaciones y debates, nos sorprendía la salida del sol.  

Cuando ya casi no cabíamos en su espacio, sin dejar dormir a los niños y molestando a los vecinos, se empezó a fraguar la idea, la necesidad de encontrar otro espacio, buscar un lugar donde se pudiera escuchar música, bailar y debatir de la misma manera, pero sin molestar a nadie, y de paso recibir algún dinero. Era el final de 1978, al poco tiempo, el 12 de diciembre, se creó el Goce Pagano. 

Aquellas fueron épocas difíciles, violentas, de persecución política, desapariciones y asesinatos en el país y en la ciudad. Con el narcotráfico y la corrupción pululando, una fuerte migración interna, procesos acelerados de industrialización y urbanización, las condiciones de vida y trabajo se fueron transformando y Bogotá entró de lleno en la “modernidad”, donde se alteró el modelo familiar y las mujeres comenzaron a desarrollar actividades en diversos campos. 

Proliferaron discotecas y bares, como espacios por excelencia para el esparcimiento y el lavado de dinero, donde se permitía el encuentro de públicos sin restricciones. En medio de esta fiesta de sonidos diversos, la noche capitalina se encontró de frente con la presencia de la salsa, cuya llegada impulsó transformaciones en la rumba. 

Comenzaron a aparecer nuevos espacios para el encuentro, con un concepto diferente al de las discotecas ya tradicionales, llenas de luces, espejos, pistas de madera y malos repertorios, donde el sonido salsero se fue convirtiendo en el protagonista principal. 

Los bares, comenzaron a denominarse salsotecas, el perfil de sus dueños comenzó a cambiar, como fue el caso de los personajes que fundaron el Goce Pagano, Cesar Viegas, Gustavo Bustamante y Juan Guillermo Gaviria, seres especiales, muy diferentes a los poderosos empresarios de la noche. Este proyecto inició la transformación de las noches bogotanas. 

El sitio, con su pomposo nombre, era prácticamente un “hueco”, un “chuzo”, ubicado en una zona difícil del centro de la ciudad habitada por habitantes nocturnos. Bastante incómodo, sin mucho espacio, poco iluminado, sin aire suficiente, con un mobiliario que torturaba al sentarse y destruía la ropa de las mujeres.

Un baño de chicas sin espejo, pista de baile de piso de cemento irregular, donde para entrar y salir, había que hacer fila india, y para pedir un trago hacer cola, se fue convirtiendo por arte de magia en un oasis. 

La rumba en el Goce, se volvió un continuo interminable de lunes a lunes, deliciosa e inagotable, soportada por la fuerza de la salsa. Con un sobrecupo que pasaba las 100 personas,  un clima a lo Girardot, se bailaba hasta el amanecer, sin horarios ni restricciones de tiempo y volumen, llenándonos de energía, alegría y felicidad.

Ubicado en su pequeña cabina de DJ, Cesar desplegó todo su conocimiento y sensibilidad para organizar las tandas de la noche, de acuerdo a los asistentes que iban llegando, y logró conformar un repertorio especial que noche tras noche atrajo cada vez a más seguidores. 

Como por encanto, el “hueco” se convirtió en el referente más importante de la salsa en Bogotá y los temas que allí sonaban, en los himnos personales de los asistentes. 

El concepto de bar que lograron imprimirle sus dueños al Goce, promovió nuevas formas para el encuentro, para el relacionamiento entre hombres y mujeres, entre poblaciones diversas y entre distintos sectores sociales, que conmocionados por el repertorio salsero que ponía Cesar, se aglutinaban sin distingos sociales o culturales a escuchar y bailar esta música.

La metamorfosis de Cesar comenzaba a hacerse visible, cambió su apellido por el de Pagano, su forma de vestir se renovó notablemente, parecía recién llegado de tierra caliente, con colores claros, vistosos, camisas largas y con motivos geométricos y flores, se adornó con extraños collares, un sombrero extravagante y duplicó el número de tabacos que se fumaba. Su pinta contrastaba con el maletín oscuro donde llevaba su arsenal musical. Empezó a llamar fuertemente la atención del público femenino. 

El Goce congregó audiencias absolutamente eclécticas, entre estudiantes, profesionales, burócratas, intelectuales, artistas, empleados, policías y obreros, que fueron construyendo una subcultura de la resistencia y la convivencia, creando lazos de solidaridad, que cambiaron algunas actitudes machistas. Las mujeres, que no salían solas de noche, comenzaron a llegar masivamente al Goce, se sintieron cómodas, sin acoso ni presiones y empezaron a vivir la rumba y la noche de otra manera. 

Enloquecidos con la salsa, y con la intención de entenderla mejor, decidimos (Cesar, Juan Guillermo y Bertha), entrar a estudiar música, a la academia Cristancho. Nos admitieron de inmediato, sin importar nuestras edades ni conocimientos musicales previos. Comenzamos por el solfeo, materia que nos obligaba a pasar horas, tarareando rítmicamente tata ta tatata, pequeños puntos de un pentagrama. Cuando pensamos que estábamos listos para subir de nivel y llegar a la clase de instrumento, se nos ocurrió, en un descanso, coger el piano del profe, tocar un tumbao salsero para que Cesar cantara, provocando la ira del maestro Francisco Cristancho, director de la escuela, que nos expulsó de inmediato por atrevidos e irrespetuosos. 

Nos convertimos en típicos fans de cuanta orquesta salsera llegaba a la capital. En muchas ocasiones fuimos a recibirlas al aeropuerto o a perseguirlos en sus hoteles, buscando entrevistas para Cesar. Logramos gestionar la presentación de la Fania en la cárcel Modelo de Bogotá y la de Eddy Palmieri, en la  cárcel Distrital. Algunas joyas que logramos grabar, en medio de nuestra alegría y de la rumba, se perdieron, como una muy importante con Dizzy Guilespy.  

Como todo un transformer, Cesar vivió plenamente cada uno de los personajes que encarnó. Como serenatero, vendedor de discos, con su empresa Discovi, militante de izquierda, anapista activo, alcalde y funcionario público, hasta que buscando liberarse de todo esto, encontró la libertad y el placer de gozar su vida, su tiempo y su música, en Bogotá, convirtiéndose en promotor de alegrías. 

César, ya como Pagano, se asumió como el más duro de los rumberos, el bohemio por excelencia, el más aguantador para trasnochar, para beber y el fiestero más enamorado. No hubo espacio que abriera que no fuera exitoso, todos los sitios se llenaron a reventar, desde el segudo Goce de la Macarena, pasando por el de la 74 hasta, Salomé Pagana de la 82, donde se lanzó nuevamente de cantante con el maravilloso “Escuadrón del Bolero” creado por él, para tocar en los famosos Martes de Amarte.

Cada ocurrencia fue todo un hit, como sus curiosas cruzadas de “Frentes por el oído” contra el merengue y el reggaeton. Todas las rumbas convocadas por Cesar siempre fueron exitosas. Para mí, no tuvo igual.

Vi a Cesar Villegas convertirse en Cesar Pagano, en el transcurso de los 50 años, que hace que lo conozco. Su transformación para sorpresa de muchos y malestar de algunos, logró convertirlo en uno de los más reconocidos coleccionistas de música del país. Investigador responsable, historiador, cronista, escritor, (de cientos de artículos y 4 libros), crítico, periodista en varios medios, conferencista, programador, creador de programas radiales, promotor, experto en el sonido afrocaribeño en la música, versado en el bolero, con amplio reconocimiento nacional e internacional, también ha sido un personaje controversial por excelencia, que le encanta provocar debates.

Es un hecho extraordinario, que en un país de pocas esperanzas, para cumplir sueños y cumplir años, podamos acompañar hoy, a un amigo como Cesar Pagano, a celebrar sus 80 años de vida. 

César logró ampliar nuestro horizonte musical y nos mostró otros caminos para apreciar y escuchar la música, no solo en la casa, o en los conciertos, sino en la rumba, señalandonos la importancia de preservar la memoria de los procesos creativos de la música de cualquier país, como un medio fundamental para reconocer la riqueza cultural de las diferentes regiones, a través de la cual afirmamos nuestra identidad. 

Solo me queda agradecer a la vida, el habérmelo cruzado en mi camino.

BQM