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Habíamos quedado en que nos veríamos al día siguiente en la Universidad Pedagógica donde el dictaría una charla. Así fue que aliste mi grabadora con pilas nuevas. Como se trataba de una entrevista que me iba a conceder, fui un poco precavido y me lleve las preguntas en un sobre, pues, de pronto el hombre se me podía escabullir y si lo alcanzaba le entregaría el sobre y le diría: “Mire maestro, yo soy de Punto de Partida, ahí van las preguntas que me había prometido responder y la dirección. ¡Las esperamos para el próximo número!”. El carro arrancaría y yo me volvería cabizbajo al no cumplir mi tarea. Pero no todo fue así, y cuando lo aborde, me sugirió que le escribiera las preguntas y el me enviaría las respuestas desde Barcelona. Se las entregué, pero al mismo tiempo desenfundé mi grabadora y le dije que quería grabarle unas palabras. Aproveché su aprobación y le hice 11 preguntas variadas. Eduardo Galeano nunca me escribió desde Barcelona y por eso aquí están sus 11 respuestas. A veces pienso que se le perdió el sobre o que se le olvidó; y a veces también pienso que el pensó lo que yo haría con la grabación y tal vez por eso decidió aprovechar su tiempo en otras cosas.

¿Qué opina usted de Ia Literatura Infantil Tradicional hecha por los adultos?

Buena parte de Ia literatura infantil está impregnada de des­precio. Los adultos se dirigen a los niños como si ellos fueran débiles mentales y los niños son mucho más vivos, más picaros, más imaginativos, más volado­res, más poetas que nosotros. Porque nosotros por el camino nos hemos ido mutilando, hemos ido perdiendo cosas que ellos todavía tienen sin lastimar o no tan lastimadas como en noso­tros. O sea, el hecho mismo de sobrevivir en Ia jungla te va obligando a mutilarte y algunos

consiguen hasta matar del todo ese músculo secreto o glándula secreta que es Ia que segrega ternura. Los niños tienen eso todavía intacto, por lo tanto, en muchos casos los niños saben mucho más que nosotros.

Entonces, toda Ia literatura adulta dirigida a los niños es mucho más floja que Ia que los niños podrían dirigir a los niños mismos. Porque cuando uno anda con una grabadora reco­giendo testimonios de las locuras de los chiquilines resulta que ellas tienen mucha más magia y poesía, mucha más belleza también, que Ia mayor parte de Ia literatura adulta dirigida a los

niños. Hay un escritor cubano amigo mío que tuvo una expe­riencia muy interesante. Este escritor se llama Onelio Jorge Cardozo. Una vez en Budapest, en casa de una cubana amiga de él que tenga una hijita de tres años. La niña no quería tomar Ia sopa y Ia señora le dice a el: “A ver Onelio si me ayudas a que Ia niña tome Ia sopa”. Entonces Onelio le hizo un cuento en el estilo habitual de los cuentos adultos para niños, que dice: Habia una vez un pajarito que no quería tomar la sopita, que le estaba ofreciendo Ia mamita, en Ia casita, y Ia mamita le decía al pajarito, tomá Ia sopita y el pajarito no quería tomar Ia sopitaY Ia nenita le interrumpe y le dice: ¡Que pajarito tan mierdita!

¿La función de los Escritores frente a los Niños es análoga a la de los Trabajadores Científicos sociales respecto al Indígena?

SI, sí. Los indígenas son legalmente en América, en la mayor parte de los países, considerados menores de edad. En el aspecto jurídico el indígena es menor de edad. Eso, por el desprecio a las culturas diferen­tes; estamos entrenados para despreciar lo que ignoramos. Pero estas culturas tienen cosas positivas y más vale no escuchar­las porque podrían sorprendernos y quizá desconcertarnos y hasta marearnos un poquito. Pero

queremos estar seguros de las dos o tres verdades reveladas con las que nos manejan. Hay miedo detrás de eso, Detrás del odio hay miedo siempre.

¿Con qué criterio se puede hablar de rescatar La Cultura Indígena? No cree que sería, al contrario, ¿que los Indígenas son los que tienen que Rescatamos?

Si, pero yo pienso que además hay un mensaje en Ia cultura sumergida, las culturas ignora­das, presionadas, que nos intere­sa a todos. 0 sea que para la formulación de un proyecto so­cialista en América, es necesario rescatar la herencia desconocida de las culturas indígenas, negras, mestizas, que han sido tradicio­nalmente despreciadas por la cultura dominante, porque sin eso no van a construir ningún edificio que resulte; van a hacer una cosa mentirosa, caricaturesca, copiada de otro, así como el mono puede imitar los gestos del hombre o el papagayo imitar sonidos. Pero no van a ser capaces de crear y formular de verdad un proyecto, una imagen nueva de algo de verdad diferente que se lo parezca en el fondo, fondo, fondo, a lo que somos, aunque no lo sepas.

Cual es la razón por la cual Usted pone en dude las Novelas de Dictadores? ¿Se refiere a las Novelas en particular ya escritas o al tema de los Dictadores?

Es un tema peligroso el de los dictadores. Hay grandes novelas de dictadores; no estoy contra ellas. Digo que es un tema peligroso porque puede inducir al lector a creer que el problema son los dictadores; y el problema no son los dictadores, el problema es el sistema que los hace necesarios. A veces hay dictadu­ras invisibles que son casi que peores que las que se ven. El problema no es el dictador Fulano, que puede ser un perso­naje más bien folclórico que hace 114 hijos y negocios por día, sino el sistema que hace necesaria la violencia, Ia tortura, el sistema que contrata, porque los necesi­ta, inquisidores y verdugos por­que sin ellos no puede funcionar. Lo mismo con los torturadores; suponte que hay una novela que investigue a fondo, sería una sensación una maravilla, el mun­do psicológico del torturador; es una cosa que a ml me interesa mucho también. Pero si no es capaz de utilizar un lenguaje de símbolos que proyecte las cosas más allí del esquema individual, ¿qué va a pasar?, que el lector va a creer que el problema es ese caso clínico del torturador enfermo que necesita atormentar a otros porque no tiene tiempo y dinero para ir al psicoanalista. El problema no es ese; el problema es que hay un sistema que convierte al torturador en lo que él es. Esto se lo digo por expe­riencia propia, porque uno de mis mejores amigos de infancia que era un hombre débil, muy sensi­ble, muy tímido, es ahora uno de los torturadores más feroces que hay en el Uruguay. Entonces, como es que funciona un sistema que convierte a ese muchacho que fue mi amigo, ¿en una bestia?

¿Qué opina Usted sobre la Concesión del Premio Nobel a García Márquez?

Me parece una alegría de todos. Creo que es justísimo, excelente. Fue una victoria de la imaginación creadora, y me pare­ce un Nobel muy justo. Se recompensa a través de él a muchos otros escritores que en América han sido, son o serán y que poca gente los conoce. No tienen el nivel altísimo de fama que tiene García Márquez, que debe ser ahora el hombre más famoso del mundo. Bueno, pues en América Latina hay muchos otros escritores también valio­sos, o poetas que no escriben, que son quizá los que más importan, que son capaces de hacer de la vida un ejercicio cotidiano de poesía. Y pienso que es también para todos ellos este Nobel, creo yo. No sé, es mi manera de identificarlos.

¿Qué tan leído es García Márquez en su País?

Yo al Uruguay no he vuelto desde el año 73, por razones de …salud. Pero que yo sepa, él es el autor latinoamericano más conocido en todas partes, el más leído, el más disfrutado y me parece justo. No voy a decir tampoco que a mí me guste todo lo que él hace. Unas cosas me gustan más, otras me gustan menos; parece que él es a veces más auténtico que otras. Pero estas cosas pasan siempre. Lo mejor que tiene Ia cordillera es que es irregular.

¿Fuera de García Márquez cómo ve la Literatura Colombiana en estos momentos?

La veo en ebullición. 0 sea, en pocos lugares de América he sentido —una cosa subjetiva pero cierta; Ia subjetividad es también realidad—, un fervor de creación quizá tan en el aire. Y pienso que esto va teniendo resultados a corto plazo. Eso se expresa a través del interés que todos ustedes tienen por estas cosas; el clima que se siente como se sienten el calor y el frío. La enorme cantidad de revistas que se están publicando, los muchos libros que aparecen en ediciones que a veces son ediciones en zapatilla, pero que son edicio­nes; son un modo de irse como despertando. Veo con una tremenda necesidad de comunicación a Ia gente joven, y una tremenda necesidad de creación; y eso se siente en todo el tiempo desde que uno llega a este país. Eso me parece muy positivo, muy estimulante.

¿Cómo ve Usted el fenómeno de Ia Proliferación de Revistas cuyo mensaje no tiene en el fondo ningún valor?

Yo pienso que eso no es verdad. La multiplicación de las revistas, de las publicaciones, siempre expresan Ia voluntad creadora de grupos que no coinciden con la cultura dominantes que se expresa a través de la televisión o de los grandes diarios o de los libros de segundo tiraje porque están en manos de los editores comerciales. Yo creo que son como los subterráneos que van corriendo, pero quizá son los más verdaderos de los ríos. Y no importa mucho el valor literario de cada escrito; lo que importa sobre todo es esa necesidad de comunicación que para que funcione de verdad tiene que traducirse después en un riguroso ejercicio del oficio. El oficio de escribir es duro; hay que pelear mucho con las pala­bras hasta de verdad encontrar­las, y a veces se pierde uno por el camino.

¿Qué recomendaciones dada Us­ted a un Joven que empieza a escribir?

Que para ser capaz de decir sea capaz de escuchar. 0 sea, que se saque la telaraña de los ojos y se asome a la realidad a que pertenece. Que vaya a buscar los jugos de Ia vida más allá de el mismo. Que intente recoger el mensaje cultural de los que no tienen voz, de los que se supone que no tienen cultura, pero que la tienen. Eso es lo que hacíamos en la revista “Crisis” que teníamos en Buenos Aires. Teníamos muchos muchachos que escribían poemas y cuentos y luego yo con una cantidad de compañeros que ahora no están -Ia mayoría – los han matado-, mirábamos así sin ser críticos, si la persona tenía madera; si tenla unas uñas para la guitarra. Y si las tenía, la llamábamos. Se trataba de mu­chachos entre 18 y 19 años que esperaban que los Ilamaramos para decirles: “Bueno, en una semana más vas a ser Nobel”. Pero no, lo que les decíamos era: “Ahora vas a coger una grabadora y vas a hacer un informe sobre los sueños de los colectiveros, o sea los que manejan las busetas. Estarás un mes conversando con ellos para ver que sueñan de noche, y me traes el resultado de eso”. Entonces nosotros sacábamos un número de Ia Revista en que uno de los temas centrales eran los sueños de los colective­ros, hombres que desempeñan uno de los oficios más duros que existen. Otras veces les decíamos que se fueran a investigar cuales son las relaciones que tienen los obreros con el sol en fábricas donde nunca lo ven; que opinan del sol esos obreros. 0 que se fueran a rescatar en provincias las viejas coplas que se estaban perdiendo, de los payadores perseguidos en la época de la: guerras civiles. Bueno, digamos, la antropología práctica. Yo creo que la literatura tiene que empe­zar a mezclarse mucho con Ia antropología para ser verdadera; y me parece que para el desarrollo del talento creador de un hombre, lo mejor que puede hacer ese hombre es alimentarse del talento de muchos, no solo de los grandes escritores que pueda llegar a leer y que también tiene que investigar a fondo. Eso es parte del trabajo durísimo de un escritor si decide meterse en esta maravilla y esta porquería. Pero, además de eso, también tiene que, sobre todo en los primeros años, meterse muy a fondo en Ia realidad, escuchar, escuchar, es­cuchar, escuchar. Antes de decir, escuchar. Saber que no hay ningún iluminado en este mundo y que no existen masas que vivan a oscuras, y que para que uno pueda de verdad dar algo a alguien tiene que también ser capaz de recibirlo. Nunca uno puede partir de la base de que uno es el señalado para dar, así como sucede en esa obligación horrorosa de consumo que se plantea en la civilización indus­trial moderna, entre el producto de cultura y el que lo recibe; la relación no debe ser esa, porque no hay un público pasivo a Ia espera de que alguien le dé de comer cultura, sino que ese presunto público masivo tiene también culturas que dar, cosas que decir que también siente, que también ama, que también suena, que también cocina, que también a veces, esta como abatido por la pena.

En los Grupos de Izquierda se debate mucho el tema de la Cultura Proletaria y el Problema de las Subculturas. ¿Cómo ve Usted esto?

Bueno, lo que pasa es que algunos piensan que Ia cultura popular es una reproducción degradada de Ia cultura dominantes, o sea, que el pueblo no es capaz de hacer más que caricatu­ras y lo que ve lo copia mal, siendo por lo tanto el resultado de eso una especie de gesto de mono de que hablábamos antes, un sonido de papagayo. Eso no es verdad; los que dicen eso es porque no se han sentado a conversar de verdad con las gentes, con la necesaria humil­dad. No es cierto que la gente repita estúpidamente lo que Ia televisión le da, – es solo hasta cierto punto no más. La experien­cia de Ia revista nuestra fue en este sentido concluyente: quo cuando a Ia gente se le da la palabra o que también quiere escucharla y le dice: Señora Realidad que tiene usted que contarme. Así se encuentra uno con muchas sorpresas de talento, de belleza, de capacidad de decir que no esperábamos encontrar. En todo caso para poder formular una afirmación así, asegurar, el pueblo no tiene nada que decir, o el mensaje de Ia cultura popular es nada más que una caricatura de lo dominante, quien sea capaz de decir eso, de arrojar una primera piedra, me tendrá que demostrar a mi que ha hecho una experiencia a fondo de contacto con Ia realidad, con el pueblo para poder llegar a decir semejante cosa. Me tendrá que demostrar que es verdad que, Ia cultura popular no es más que pura arqueología, que, nacido para vivir a lo sumo de museo, pero que no está viva en Ia calle. ¿Quizá es el que puede decir eso? ¿Quizá ha tenido suficiente contacto con el pueblo y con Ia realidad para decir eso? Ni Dios, porque hasta Jehová es modesto en este asunto.

¿El texto “¿Los 10 errores más fre­cuentes en la Literatura Latino­americana”, es el inicio de un trabajo mucho más amplio?

¿Usted ha estado trabajándole a eso? ¿Pretende algo más?

No, no, no. ¿En realidad, sabe qué pasa? Hay dos cosas que yo no podría ser porque me moriría de hambre y terminaría en la escalinata de la catedral con el sombrero en la mano: Crítico o Profeta. Un profeta para saber si va a ganar las elecciones Carter o las pierde Mitterrand o Ia cosa será al revés. Ni crítico porque yo no tengo Ia distancia necesaria como para poder ejercitar la crítica literaria. De mis juicios sospecho siempre porque siem­pre se equivocan; provienen del corazón y no atraviesan la razón con la debida paciencia. Yo no soy investigador de Ia literatura; trato, de explicar hasta donde puedo, que no es mucho, de lo que yo mismo estoy haciendo conmigo, pero no crea que podría llegar mucho más allá en eso. Es un esfuercito que de vez en cuando uno hace para poder transmitir algunas certidumbres y muchas dudas. Uno siempre tiene en el fondo más dudas que certidumbres, quizá más impor­tante que las certidumbres son las dudas y no les tengan miedo, no les huyan y mientras más dudas tengan, mejor.

TOMAS ANTONIO VASQUEZ A,
Taller de Periodismo
Punto de Partida